Rota


El otro día rompí a llorar. Me sacudió de la nada, sin previo aviso.

¿Y qué hice?

Me envolví en una manta, lloré, saqué al perro y volví a mis cosas como si nada hubiera pasado. Seguí sonriendo, hablando y haciendo bromas. Nadie lo supo. Nadie lo notó. Se me da bien esconder sentimientos. Como cuando hacía chuletas en el instituto: nadie sospechaba y, si lo hicieron, debieron de pensar que no valía la pena.

Había dos trucos para que no te pillaran. El primero era no copiarlo todo: responder algunas preguntas mal o dejarlas a medias. Si eras un estudiante despistado no podías sacar, de repente, matrícula. Llamaría demasiado la atención. Había que quedarse justo en ese punto en el que te volvías invisible.

El segundo truco era aún más sencillo: mantener un perfil bajo. Nadie sospecha de la niña buena, la que nunca da problemas (mantenerte alejada de ellos te ayudaba a pasar desapercibida).

Tal vez te preguntes por qué copiaba. No era por gusto —aunque el riesgo tenía algo que me enganchaba—. Era necesidad. Olvidos constantes. Dejar todo para el último minuto. Pasar horas delante de un libro sin ser capaz de avanzar del primer párrafo porque naufragaba en los surcos de mi imaginación…

Nadie lo vio entonces. Ni siquiera yo.

Nadie lo notó en aquel momento. Yo tampoco.

Con las emociones pasa lo mismo. Puedes aprender a esconderlas muy bien si llevas años practicando.

¿Quién sospecharía de una sonrisa radiante o de alguien que ríe con facilidad ante cualquier chiste? No me malinterpretes: los chistes malos son mi pasión, pero también es más fácil caer bien cuando simplemente ríes las gracias.

Dar la información justa también ayuda a mantener la máscara.

—Te veo mala cara, ¿estás bien?

—Sí, estoy cansada, últimamente no paro.

Cansada.

Y listo, un par de bromas sobre el tema y para adelante.

Quizá te preguntes por qué no digo la verdad. Si estoy mal, bastaría con decir que estoy mal y punto. Pero si has leído las otras entradas de este diario, ya sabes que:

1.       No sé hablar.

2.       No me ha ido muy bien hablando.

3.       Soy una cobarde.

Pero, ¿por qué rompí a llorar?

Tardé un poco en darme cuenta. Suelo analizar mis emociones e intentar localizar el momento exacto en el que el agua empieza a subir hasta desbordarlo todo. Esta vez comenzó el día anterior, cuando, después de un par de meses, quise hacer un chiste sobre el TDAH con mi familia, tantear el terreno y ver si podía abrirme un poco más con ellos. Dejar la máscara a un lado.

Estábamos echando una partida de cartas, mi hermano y yo hacíamos tonterías y en algún momento mi cuñada dijo que éramos igual de idiotas.

—¡Ehh! —dije entre risas— yo al menos estoy diagnosticada.

—¿Vas a salir siempre con eso?

Una sola broma en meses. Y esa fue la respuesta.

Mi madre no dijo nada. El tema le da miedo; se le nota en los ojos.

Así que seguí riendo, disfrutando, mientras por dentro se me rasgaba algo.

Al día siguiente, en el trabajo, uno de mis compañeros contó que le habían diagnosticado ansiedad y nos describió un episodio en el que lo pasó mal. Los dos lo apoyamos, preguntamos, escuchamos. Bromeamos juntos, incluso él bromeó.

Por suerte era videoconferencia porque, en el descanso, es cuando me eché a llorar.

Me dolía que él hubiera pasado por eso, pero…

También sentí envidia. E impotencia.

¿Por qué yo no podía tener ese mismo apoyo? ¿Por qué yo no podía bromear?

Quería hablar con alguien de lo que me pasa. No sentirme sola. Ser comprendida.

Y me rompí. Porque a veces simplemente nos rompemos.

Comentarios

Entradas populares de este blog

¿Me ves?

Máscara

Silencio