Rota
El otro día rompí a llorar. Me sacudió de la nada, sin previo aviso. ¿Y qué hice? Me envolví en una manta, lloré, saqué al perro y volví a mis cosas como si nada hubiera pasado. Seguí sonriendo, hablando y haciendo bromas. Nadie lo supo. Nadie lo notó. Se me da bien esconder sentimientos. Como cuando hacía chuletas en el instituto: nadie sospechaba y, si lo hicieron, debieron de pensar que no valía la pena. Había dos trucos para que no te pillaran. El primero era no copiarlo todo: responder algunas preguntas mal o dejarlas a medias. Si eras un estudiante despistado no podías sacar, de repente, matrícula. Llamaría demasiado la atención. Había que quedarse justo en ese punto en el que te volvías invisible. El segundo truco era aún más sencillo: mantener un perfil bajo. Nadie sospecha de la niña buena, la que nunca da problemas (mantenerte alejada de ellos te ayudaba a pasar desapercibida). Tal vez te preguntes por qué copiaba. No era por gusto —aunque el riesgo tenía algo que...