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Rota

El otro día rompí a llorar. Me sacudió de la nada, sin previo aviso. ¿Y qué hice? Me envolví en una manta, lloré, saqué al perro y volví a mis cosas como si nada hubiera pasado. Seguí sonriendo, hablando y haciendo bromas. Nadie lo supo. Nadie lo notó. Se me da bien esconder sentimientos. Como cuando hacía chuletas en el instituto: nadie sospechaba y, si lo hicieron, debieron de pensar que no valía la pena. Había dos trucos para que no te pillaran. El primero era no copiarlo todo: responder algunas preguntas mal o dejarlas a medias. Si eras un estudiante despistado no podías sacar, de repente, matrícula. Llamaría demasiado la atención. Había que quedarse justo en ese punto en el que te volvías invisible. El segundo truco era aún más sencillo: mantener un perfil bajo. Nadie sospecha de la niña buena, la que nunca da problemas (mantenerte alejada de ellos te ayudaba a pasar desapercibida). Tal vez te preguntes por qué copiaba. No era por gusto —aunque el riesgo tenía algo que...

Máscara

Una de las cosas que más miedo te da cuando te diagnostican un trastorno es que la gente solo vea el trastorno. Ese era el miedo que tenía cuando, al borde de mis treinta, me diagnosticaron TDAH. Para mí fue un alivio, no porque quisiera usarlo de excusa, sino porque me daba respuesta a muchas preguntas. Además, soy de las que piensa que no puedes luchar contra lo desconocido, pero contra lo que conoces… ¡ah!, eso ya es otra cosa. Por eso, con el diagnóstico llegó una mezcla de sentimientos contradictorios. Por un lado, la emoción de conocerme mejor a mí misma y aprender técnicas que me ayudasen a sacar el mayor potencial de mí y así que el TDAH no me absorbiese. Por otro lado, el miedo a la reacción. El miedo a tener en la frente un letrero con una etiqueta tan grande que los demás no viesen nada más de mí: ni mis cualidades, ni mis sueños, ni mis habilidades, gustos… Solo el trastorno. La verdad, ahora hubiese preferido eso, mil veces, porque la realidad fue mucho peor. Sile...

Sangre

A veces me gusta escribir sin pensar. Dejo sangrar la herida hasta que no queda nada más. El veneno, el dolor, se escurre junto la sangre y me dejan vacía. Tal vez no suene agradable, y no siempre lo es. En ocasiones el corte es profundo, se salpican las paredes y la herida permanece abierta durante horas. Otras el corte es más sutil, sangra lentamente y algunas gotas solitarias se deslizan por mi piel. Queman. Se sienten a cada centímetro. Todo aquello que no puedo desgarrar en voz alta dejo que me desgarre entre las letras. Pero el problema de los estropicios es que no te gusta que nadie los vea. Hay algo muy personal en invitar a alguien a tu mente y corazón, como hacerle pasar a tu casa desordenada y sucia. Es íntimo. No le abrirías la puerta a cualquiera. ¿Y si nadie sabe que la casa es tuya? Aunque alguna opinión te escueza un poco, no te importará que la vean. Total, esa mesa llena de polvo, los platos sin recoger, la montaña de ropa, son tu secreto. Por mucho que el mundo l...