Máscara
Una de las cosas que más miedo te da cuando te diagnostican un trastorno es que la gente solo vea el trastorno. Ese era el miedo que tenía cuando, al borde de mis treinta, me diagnosticaron TDAH. Para mí fue un alivio, no porque quisiera usarlo de excusa, sino porque me daba respuesta a muchas preguntas. Además, soy de las que piensa que no puedes luchar contra lo desconocido, pero contra lo que conoces… ¡ah!, eso ya es otra cosa.
Por eso, con el diagnóstico llegó una mezcla de sentimientos contradictorios. Por un lado, la emoción de conocerme mejor a mí misma y aprender técnicas que me ayudasen a sacar el mayor potencial de mí y así que el TDAH no me absorbiese. Por otro lado, el miedo a la reacción. El miedo a tener en la frente un letrero con una etiqueta tan grande que los demás no viesen nada más de mí: ni mis cualidades, ni mis sueños, ni mis habilidades, gustos… Solo el trastorno.
La verdad, ahora hubiese preferido eso, mil veces, porque la realidad fue mucho peor.
Silencio.
Un puro y aplastante silencio.
Es una mierda, con todas las letras. Porque me pasé veintinueve años escondiéndome, con una máscara para ocultar todas esas rarezas, todas esas cosas que se salían de lo normal.
Y ahora que podía quitarme esa máscara, empezar poco a poco a dar a conocer a esa “yo” real que llevo tantos años escondiendo del mundo, resulta que no puedo. Antes me escondía porque temía que conociesen mis rarezas, pero ahora la máscara está para evitar los silencios y las miradas incómodas.
En estos diez meses desde el diagnóstico, intenté un par de veces hacer una broma sobre mi trastorno, tal vez con la idea de normalizarlo para todos. Las respuestas fueron:
—¡Siempre estás con el tema!
O…
—No me dirás que ahora vas a usarlo siempre de excusa.
Tal vez solo buscaba que me conociesen, dejar de sentirme avergonzada por algo que no debería darme vergüenza. Porque a alguien con un ataque de asma no le dices que se vaya a correr, que eso del asma es una tontería. Ni a un celíaco le espolvoreas gluten encima del plato. Todos hacen bromas del tema, se ríen, lo normalizan. Y las personas que lo sufren se sienten comprendidas.
Pero con los trastornos y las enfermedades mentales no sucede lo mismo.
Es agotador.
Cuando quieres sacar el tema la gente se retuerce, se rasca la nuca, mira a otro lado, cambia de tema.
Les escuece.
Por su culpa, te escuece a ti.
Y acabas en silencio, poniéndote de nuevo la máscara y fingiendo que nunca pasó nada.
Nota: No busco consuelo, ni escribir un texto optimista. Solo desangrar ese silencio que pesa más que el diagnóstico. Y si hay alguien que naufraga por estas páginas y que me entiende, me encantará conocer su experiencia. No importa si eres TDAH, TEA, TDL u otra cosa. Aquí no se juzga, se entiende y se escucha (se lee jaja).
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