Silencio

Con el tiempo te acostumbras a callar. Los pensamientos siguen corriendo de un lado a otro dentro de tu mente, haciendo el mismo ruido que cientos de motos. Pero aprendes a reprimirlos, a impedir que otros escuchen ese ruido. Tal vez quiera evitar que se incomoden con las motos igual que yo. O puede que eso me lo diga a mí misma porque me aterra que otra cosa pueda ser verdad.

A nadie le importan esos pensamientos, sólo a mí.

Desde que era pequeña, tuve la costumbre de interrumpir a los demás cuando hablaban. No lo hacía a propósito. Sabía como iba a acabar sus razonamientos, mi mente captaba nuevos pensamientos y sentía la necesidad de decirlos antes de que se escapasen. Pero al crecer siempre con las mismas frases: «déjame acabar», «no me interrumpas», cada vez tenía que forzar más la voz para hacerla salir.

No me malentiendas. Es importante escuchar a los demás, por supuesto. Todos tenemos el derecho de ser escuchados con toda la atención. Pero ahí está el punto. Pasé de interrumpir a ser ignorada. A que mi voz quedase sepultada bajo los razonamientos y timbres de otras voces más fuertes, más interesantes, con menos miedos.

Crecí en silencio. Con el desafío añadido de que en mi mente las fechas, los nombres, los datos, se distorsionan, quedándose sólo aquello que más me llamó la atención. Eso lo complicaba, ¿sabes? ¿Cómo cuentas una historia a medias?

—Ah, sí, eso me recuerda a un libro que leí. No recuerdo el escritor ni el nombre del libro, pero iba sobre el duelo. La protagonista, que no recuerdo el nombre…

A estas alturas todos desconectan —y no los culpo— porque escuchar una historia a medias llena de lagunas es muy aburrido.

Cuando creces sintiendo que metes la pata en cada interacción llegas a la conclusión de que es mejor mantener tus pensamientos y sentimientos guardados en un cofre del que sólo tú tienes el mapa. El problema llega cuando conoces a alguien que realmente muestra interés en escucharte, con el que empiezas a abrirte y a contarle cada pensamiento absurdo que se te pasa por la cabeza.

Te entiende.

Te escucha.

No te juzga.

¡Y entonces llega el giro de trama! Llevas tanto tiempo ocultando ese ruido mental que, cuando en verdad necesitas hablar de algo serio, una bola ardiente se te atasca en la garganta impidiendo cualquier sonido que no sea un quejido infantil.

Descubres que has perdido el mapa del cofre y que debes volver a la infancia a encontrarlo, empezando por aprender a hablar de nuevo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

¿Me ves?

Máscara