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Mostrando entradas de octubre, 2025

Sangre

A veces me gusta escribir sin pensar. Dejo sangrar la herida hasta que no queda nada más. El veneno, el dolor, se escurre junto la sangre y me dejan vacía. Tal vez no suene agradable, y no siempre lo es. En ocasiones el corte es profundo, se salpican las paredes y la herida permanece abierta durante horas. Otras el corte es más sutil, sangra lentamente y algunas gotas solitarias se deslizan por mi piel. Queman. Se sienten a cada centímetro. Todo aquello que no puedo desgarrar en voz alta dejo que me desgarre entre las letras. Pero el problema de los estropicios es que no te gusta que nadie los vea. Hay algo muy personal en invitar a alguien a tu mente y corazón, como hacerle pasar a tu casa desordenada y sucia. Es íntimo. No le abrirías la puerta a cualquiera. ¿Y si nadie sabe que la casa es tuya? Aunque alguna opinión te escueza un poco, no te importará que la vean. Total, esa mesa llena de polvo, los platos sin recoger, la montaña de ropa, son tu secreto. Por mucho que el mundo l...

Vulnerable

Se me hizo un nudo, como otras mil veces antes. Es una mierda, la verdad, querer hablar y perder la habilidad para ello. Notar como el ambiente se vuelve rancio, querer alzar la voz y no poder. Sólo te apagas, en silencio, te consumes lentamente entre pensamientos agonizantes que no te dan espacio para hacerte escuchar. Porque la mayoría de los malentendidos se arreglan hablando, pero para ello hay que ser vulnerable. Eso, ¡uf! Duele tanto. Darles el poder de saber que te hicieron daño, que tienes sentimientos y miedos como cualquier ser humano… Hace falta ser muy valiente para ello. Y yo no lo soy. Da igual si son las personas más amables y alegres del mundo, no tengo la valentía de abrir ese caparazón. Solo alcanzo a quedarme en silencio, intentando hacer lo posible por continuar la conversación como si nada pasase, mientras mis pensamientos me consumen e intento controlar esa sensación punzante en la mirada. Porque lo sé. Si dejo salir, aunque sea solo un poco, me derrum...

Versiones

¿Cuántas versiones pueden existir de una misma persona? Me lo he preguntado muchas veces. Tal vez porque quiero saber cuántas versiones existirán de mí y, de existir varias, ¿cuál es mi yo real? Un hombre de cuarenta años podría tener varias caras —quede reflejado que sólo es un ejemplo y da igual si es hombre o mujer—. Una de ellas podría ser la que se ve obligado a poner en el trabajo. Tal vez tiene algunas personas a cargo y debe organizarlas intentando que su humanidad no se interponga. O puede que trabaje cara el público y no deba permitir que la forma en la que se dirigen a él desconocidos le amarguen la existencia. Pero ahora ese hombre llega a casa. ¿Vive con alguien? Si es así, su humanidad es relevante porque esa persona es valiosa y le importan sus sentimientos. ¿Vive solo? Me pregunto si se pondrá música para cocinar con una sonrisa, o si comprará algo precocinado. De ser así, ¿las personas a su cargo imaginarían que acaba así el día? O tal vez salga a tomar algo con unos...

Silencio

Con el tiempo te acostumbras a callar. Los pensamientos siguen corriendo de un lado a otro dentro de tu mente, haciendo el mismo ruido que cientos de motos. Pero aprendes a reprimirlos, a impedir que otros escuchen ese ruido. Tal vez quiera evitar que se incomoden con las motos igual que yo. O puede que eso me lo diga a mí misma porque me aterra que otra cosa pueda ser verdad. A nadie le importan esos pensamientos, sólo a mí. Desde que era pequeña, tuve la costumbre de interrumpir a los demás cuando hablaban. No lo hacía a propósito. Sabía como iba a acabar sus razonamientos, mi mente captaba nuevos pensamientos y sentía la necesidad de decirlos antes de que se escapasen. Pero al crecer siempre con las mismas frases: «déjame acabar», «no me interrumpas», cada vez tenía que forzar más la voz para hacerla salir. No me malentiendas. Es importante escuchar a los demás, por supuesto. Todos tenemos el derecho de ser escuchados con toda la atención. Pero ahí está el punto. Pasé de inter...

¿Me ves?

    A veces te despiertas y tus pensamientos te mortifican. Los errores que cometes tienen más peso, reproduces incontables veces una misma conversación en tu mente pensando en si metiste la pata, si podías haber sido más graciosa o más interesante ( ¿habré sido demasiado pesada? ); te regañas por no ser más productiva (aunque estés cansada y hayas tenido una semana de locos) y te castigas por los olvidos constantes que tienes. Pero, lo peor, es que esa voz que cayas cuando sonríes y estás bien, empieza a gritar, harta de que la ahogues. Es esa voz que te dice que no eres la favorita de nadie, que tú no brillas, porque nunca has sido la más lista, la más trabajadora, la más hermosa, la más graciosa, la más amable, la que tiene más talento ni habilidad. Esa voz que te dice que eres un matiz de gris aburrido e invisible. Sí, invisible. Porque los días que la voz tiene más fuerza te preguntas si algún día alguien será capaz de indagar más allá de esa sonrisa ensayada y podr...