Sangre

A veces me gusta escribir sin pensar. Dejo sangrar la herida hasta que no queda nada más. El veneno, el dolor, se escurre junto la sangre y me dejan vacía. Tal vez no suene agradable, y no siempre lo es. En ocasiones el corte es profundo, se salpican las paredes y la herida permanece abierta durante horas. Otras el corte es más sutil, sangra lentamente y algunas gotas solitarias se deslizan por mi piel. Queman. Se sienten a cada centímetro. Todo aquello que no puedo desgarrar en voz alta dejo que me desgarre entre las letras.

Pero el problema de los estropicios es que no te gusta que nadie los vea. Hay algo muy personal en invitar a alguien a tu mente y corazón, como hacerle pasar a tu casa desordenada y sucia. Es íntimo. No le abrirías la puerta a cualquiera. ¿Y si nadie sabe que la casa es tuya? Aunque alguna opinión te escueza un poco, no te importará que la vean. Total, esa mesa llena de polvo, los platos sin recoger, la montaña de ropa, son tu secreto. Por mucho que el mundo lo critique, nadie sabrá que la basura es tuya.

Hay algo atractivo en el anonimato. Sobre todo, cuando pasas desapercibido.

Da igual llenarlo todo de sangre.

Nadie se dará cuenta.

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