¿Me ves?

 

 

A veces te despiertas y tus pensamientos te mortifican. Los errores que cometes tienen más peso, reproduces incontables veces una misma conversación en tu mente pensando en si metiste la pata, si podías haber sido más graciosa o más interesante (¿habré sido demasiado pesada?); te regañas por no ser más productiva (aunque estés cansada y hayas tenido una semana de locos) y te castigas por los olvidos constantes que tienes. Pero, lo peor, es que esa voz que cayas cuando sonríes y estás bien, empieza a gritar, harta de que la ahogues. Es esa voz que te dice que no eres la favorita de nadie, que tú no brillas, porque nunca has sido la más lista, la más trabajadora, la más hermosa, la más graciosa, la más amable, la que tiene más talento ni habilidad.

Esa voz que te dice que eres un matiz de gris aburrido e invisible. Sí, invisible. Porque los días que la voz tiene más fuerza te preguntas si algún día alguien será capaz de indagar más allá de esa sonrisa ensayada y podrá escuchar todo el ruido mental que a ti te apaga lentamente día a día.

¿Algún día alguien me escogerá primero?

¿Me habría escogido él de haber tenido más oportunidades?

No lo voy a negar, es una mierda no poder coserle la voz a esa maldita voz —es una mierda también intentar escribir esto mientras intento mecanografiar equivocándome a cada palabra porque me he obligado a hacerlo para mejorar—.

Y que quieres que te diga, estoy cansada de que lo que me defina a ojos de los demás sea:

—Siempre tienes una sonrisa.

—Nunca te enfadas.

—Es que ella es muy buena.

No parece malo, ¿verdad? Pues lo es. Lo es porque es extremadamente genérico y, sobre todo, porque para nada soy así. Me enfado, y mucho, pero por dentro, o cuando nadie me ve. Dejo salir ese enfado con alguien que me conoce muy bien, que me entiende, me escucha y no me juzga (aún sabiendo todo lo malo de mí). Y sonrío sólo porque no sé como no hacerlo. Créeme cuando te digo que me encantaría saber poner mala cara.

—¿Qué tal estás?

¡Ah! Maldita pregunta. A veces, cuando soy yo quien la formulo y me responde con un «tirando» o un incluso un directo «mal», me quedo y les pregunto que ha pasado. ¿Pero sabes que siento por dentro? Envidia, una pérfida envidia. Cuando a mi me hacen esa pregunta mi respuesta automática siempre es decir con una grande y espléndida sonrisa:

—¡Muy bien!

Y a lo máximo que llego, si estoy muriéndome, si estoy agotada, es a disimular un poco esa sonrisa y decir en un tono alegre pero más opaco:

—Un poco cansada, pero bien.

Y eso me lleva a preguntarme si es que los demás no me ven o es que yo no dejo que me vean.

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Máscara

Silencio